El barrio del cine de Teherán funcionaba a base de papel. Un retrato en gouache de la estrella iba a la casa litográfica, el título se dibujaba a mano porque el tipo móvil persa de la época dependía del contexto y era poco fiable, y el pliego volvía impreso en tinta plana: naranja contra turquesa, magenta superpuesto al rojo, sin ningún degradado entre dos colores.
Más del noventa y cinco por ciento de estos carteles giran en torno a la estrella: una cabeza que rompe el marco y el nombre que vendía la entrada. Todo lo demás —bandas de título en diagonal, viñetas de acción insertadas, créditos apretados al pie— se agolpa a su alrededor. El sistema se lee de derecha a izquierda, y el persa va primero.