La Nintendo Game Boy original (DMG-01, 1989) representaba su mundo en una pantalla reflectante de cristal líquido con matriz de puntos, cuyo campo iluminado parecía de un verde oliva parecido a una sopa de guisantes, enmarcado por una carcasa de plástico gris. Como la pantalla reflejaba la luz ambiental en vez de emitir luz propia, el campo nunca parecía blanco: permanecía en un oliva apagado, con píxeles casi negros estampados sobre él en una escala estricta de cuatro tonos.
Este sistema de diseño destila aquella consola portátil en un lenguaje de interfaz: un fondo oliva, cuatro verdes cuantizados, bordes de píxel finos y contundentes, paneles rectangulares con contornos marcados y tipografías de píxeles con matriz de puntos. Sin degradados, sin resplandor, sin esquinas redondeadas: solo la cuadrícula.