Excavadas en un acantilado de Gansu desde el año 366 d. C., las cuevas de Mogao conservan unos 45.000 m² de pintura mural budista, trazada por cada dinastía que dominó el Corredor de Hexi. Las postales venden el naranja de la Ruta de la Seda. Los muros no lo tienen: el minio de plomo se oxidó hasta convertirse en dióxido de plomo pardo-negruzco, y los rostros de la cueva 275 se leen hoy como tierra oscura.
Lo que sí sobrevivió es el cobre: la malaquita y la atacamita aún sostienen los pliegues de las telas, los doseles y las cintas de las apsaras, con azul azurita en las bandas de cielo de arriba. Este sistema se construye a partir de esa mitad superviviente: fondo de estuco oscuro, verde mineral, y un color que habita dentro de la superficie en vez de flotar sobre ella.