Boterismo es el sello visual inconfundible de Fernando Botero: figuras, frutas y animales hinchados hasta convertirse en masas suaves y volumétricas, representados sin pinceladas visibles y situados sobre superficies cromáticas lisas y saturadas. Tras su estancia en Mexico en 1956, su paleta se volvió más intensa: siena tostada, verde musgo y ocre extraídos directamente del paisaje y la luz de Antioquia, salpicados por rojos encendidos y dorados resplandecientes.
Este sistema traduce ese lenguaje a los términos de la interfaz: un fondo de verde musgo mate y profundo en lugar de blanco o crema, formas redondeadas y carnosas con contornos oscuros marcados en lugar de líneas finísimas, y una voz tipográfica latino-moderna, de aire museístico y editorial, que combina Playfair Display, Libre Baskerville y Prata.