Moby-Dick representa el mundo ballenero de Melville como una carta hidrográfica: papel blanco como el hueso tensado al máximo, y cada marca sobre él convertida en una línea. Finas reglas de arpón atraviesan las columnas, rosas de los vientos irradian desde las esquinas y las figuras están talladas con el apretado grabado de tramado cruzado de un marinero que araña un cachalote sobre marfil durante una calma chicha. Casi no hay rellenos ni color: el drama vive en la densidad del trazado y en las vastas olas blancas de espacio vacío entre las líneas. Una fina línea negra te arrastra hacia la ballena.