Entre los años 100 y 800 d. C., los ceramistas Moche de la costa norte de Perú moldearon en barro cocido cabezas de una individualidad sorprendente — pómulos prominentes, narices reconocibles, cicatrices particulares — y después las terminaron con un sistema disciplinado de engobe en dos colores: rojo pardo sobre el cuerpo de terracota bruñida, color crema reservado para pequeñas zonas y una línea negra para trazar la pintura de guerra y las marcas faciales. El propio cuerpo de arcilla, no el color crema, era siempre la base.
Este sistema traslada esa lógica escultórica bicolor a la interfaz: una página de terracota oscura, de tono ladrillo, un engobe rojo pardo que sostiene las acciones principales, el color crema reservado como un acento poco frecuente y líneas casi negras que trazan el dibujo. Las superficies se perciben como cerámica de barro bruñida, no como papel: modeladas, cálidas, mates y deliberadamente contenidas en su paleta.