El arte popular mexicano de la época de Frida es una recuperación saturada y pintada a mano de la identidad indígena mediante cobalto, carmesí y oro. Arraigado en los retablos votivos, el bordado tehuano y la iconografía del Día de Muertos, rechaza el modernismo europeo en favor del simbolismo maximalista.
Cada superficie contiene significado: corazones sagrados, cempasúchiles, calaveras y bandas ondulantes con letras dibujadas a mano. La estética es apasionada y desafiante, como si cada elemento de la interfaz estuviera pintado sobre hojalata por un artista devocional que se niega a suavizar nada.