En enero de 1933, un delineante de ingeniería de London Transport llamado Harry Beck redibujó el metro no como geografía, sino como una placa de circuitos: líneas de colores que discurrían solo a 0°, 45° y 90°, estaciones espaciadas de manera uniforme e intercambiadores señalados con puntos y marcas. Desechó la escala y conservó únicamente la conexión; funcionó tan bien que se convirtió en el modelo de los mapas de transporte de todo el mundo.
El sistema combina esa disciplina diagramática con la letra sans serif de Edward Johnston de 1916 y el emblema circular de aro rojo y barra azul. El resultado es sereno, exacto e inconfundiblemente londinense: nada es decorativo, cada elemento cumple una función estructural y cada línea se entiende de un vistazo sobre una tarjeta de bolsillo clara.