En todo el Sahel, las mujeres pastoras Fulani secan calabazas para convertirlas en cuencos de leche y graban sobre ellas finos motivos geométricos con cuchillos al rojo vivo. Años de aceitar cada pieza a mano oscurecen la cáscara marrón dorada hasta darle un tono cálido y mate, mientras el ornamento quemado conserva un negro carbón que crea un contraste rotundo; a veces, la calabaza se tiñe de rojo castaño y se remata con conchas de cauri.
Este sistema traslada ese arte pirograbado a una interfaz: un fondo cálido de calabaza aceitada, líneas duras y carbonizadas, y una tipografía de palo seco disciplinada. Nunca crema, nunca brillante: la veta mate de la calabaza recorre todo el diseño.