Dead Space (2008) construye su horror no a partir de una iluminación de sobresalto, sino mediante un único contraste visual sostenido: el interior de una nave industrial casi completamente negra y oxidada por la sangre frente al resplandor frío y clínico del traje RIG de Isaac Clarke. Cada lectura —salud, munición, estasis— vive dentro del espacio tridimensional, proyectada como hologramas de cian acuoso, sin una capa de interfaz superpuesta que rompa tu inmersión. La paleta plantea una tesis de terror en dos temperaturas: el naranja óxido y el rojo de sangre seca señalan la descomposición orgánica y el peligro, mientras que el cian acuoso intenso señala la tecnología, la seguridad y el último vestigio del orden humano a bordo de la USG Ishimura. Nunca aparece un blanco de papel ni un crema cálido: la nave siempre está muriendo en la oscuridad que tú recorres.