Death Stranding construye su mundo sobre un único contraste: tierras altas islandesas de musgo pálido contra el basalto negro de alquitrán que brota de la tierra. La interfaz quiral flota como holografía translúcida ámbar dorada sobre un vacío casi negro. La superficie de presentación es el alquitrán; el blanco pertenece al paisaje lejano, nunca a la página. Líneas finas, lecturas monoespaciadas y mayúsculas góticas grabadas llevan un registro frío, limpio y de conexión solitaria.