Nacidos de la necesidad de la Revolución cubana de comunicarse con una población recién alfabetizada, los talleres de carteles de ICAIC y OSPAAAL de La Habana de los sesenta produjeron algunos de los diseños gráficos más sorprendentes del siglo XX. Limitados a serigrafía de pocos colores sobre cartulina crema, diseñadores como Rostgaard y Beltrán destilaron narraciones políticas complejas en formas planas y audaces y letras recortadas a mano.
Este sistema canaliza esa energía: rojo ladrillo y azul cobalto golpean el turquesa del muro del Malecón, mientras superficies crema de papel de cartel llevan composiciones geométricas rotundas. Cada elemento se reduce a su silueta esencial: seguro, optimista y gráfico sin disculpas.