Cidade de Deus (2002), de Fernando Meirelles, quema su mundo en 35mm: fotogramas de favela tostados por el sol con luces sobreexpuestas del Río de los años setenta derramándose sobre ladrillo naranja y tierra polvorienta. Los tonos dorados y saturados de las escenas juveniles arden con calidez, y luego se enfrían y desaturan a medida que la historia se oscurece.
Este sistema de diseño destila esa gradación en pantalla: un fondo de ladrillo naranja intenso, luces sobreexpuestas ocres, gráficos de créditos con un ritmo cinético de cuchillo y un grano de película siempre presente. La calidez y el ruido son rasgos distintivos, no defectos.