Antes de la calculadora de bolsillo, todo ingeniero calculaba con una regla de cálculo: escalas logarítmicas C, D, A, K y L grabadas en un cuerpo de celuloide o bambú, leídas a través de un cursor de vidrio y su única línea capilar. Este sistema toma prestada la gramática de ese instrumento —bandas de escala paralelas, marcas graduadas finas, un registro deslizante— y la viste con el vívido amarillo Eye-Saver de Pickett y un grabado negro nítido. Es la precisión hecha visible: nada decorativo, todo medido.