En 1974, el arquitecto húngaro Ernő Rubik construyó un pequeño bloque de madera que podía girar sin desarmarse y, sin querer, le dio al mundo su sistema visual más legible: una cuadrícula de 3×3 pegatinas de plástico brillante en seis colores saturados, separadas por ranuras negras, a un giro del orden. Este lenguaje de diseño fotografía ese cubo resuelto sobre papel continuo blanco frío: cuadrados de bordes duros, marcos negros nítidos y colores que nunca se mezclan. Se lee como un juguete diseñado como una máquina: flechas de rotación que se curvan alrededor de las caras, cifras de cronómetro monoespaciadas y la satisfactoria ortogonalidad de un lado resuelto. Cada elemento pertenece a una cara, y cada cara está a un giro del orden.