La era GameCube condensó la filosofía de Nintendo en un cubo literal: amable, grueso y orgullosamente plástico. Su carcasa índigo, reflejos translúcidos y rombo de botones en cuatro colores crearon un lenguaje visual que decía «juega» con más fuerza que cualquier ficha técnica.
Este sistema captura aquel optimismo de tecnología juguete de 2001: degradados brillantes, generosas esquinas redondeadas y la confianza de hacer que una consola pareciera una fiambrera que llevarías orgulloso a la escuela.