Los códices mayas supervivientes —Dresde, Madrid y París— son libros plegados en biombo hechos de papel amate de corteza de higuera, preparados con una fina capa de yeso de cal y envejecidos hasta un cálido tostado. En sus registros, glifos de deidades con cabeza de bloque aparecen delineados en negro carbón junto a números de barras y puntos, con el rojo reservado para signos de días y énfasis, y el profundo azul maya para los pasajes figurativos.
Este sistema reconstruye esa lógica de escriba para la pantalla: fondo de corteza estucada, contornos gruesos y seguros y una paleta disciplinada de negro, rojo cinabrio y azul maya. La letra es maciza y epigráfica, la composición se organiza en paneles de almanaque y el ornamento se gana su lugar: cada marca parece pintada por un aj tz'ib que sabía exactamente dónde ponerla.