Un frontispicio de un Quran mameluco de El Cairo, datado hacia 1370 — del tipo que encargaban emires como Arghun Shah — es una página tapiz regida por una disciplina geométrica pura. Estrellas de ocho puntas y hexágonos entrelazados encajan en una retícula radial de lazos; cada espacio entre las bandas se rellena con roleos de palmeta partida dorados, que convergen en un medallón central rojo dispuesto sobre un fondo profundo de azul lapislázuli.
Este sistema traslada esa lógica a una interfaz: el lapislázuli sirve de fondo para todo, el oro traza las líneas y un único núcleo rojo marca el centro de gravedad. La geometría es exacta y simétrica, nunca laxa. Las superficies son densas, no aireadas — el espacio vacío se lee como algo inacabado — y el lujo se demuestra superponiendo un dorado brillante sobre el oro subyacente, no mediante el lustre.