Ex Machina sitúa su drama sobre inteligencia artificial en el laboratorio-búnker enterrado de Nathan: muros de hormigón con las huellas del encofrado bajo fríos diodos emisores de luz empotrados, precedidos por mamparas de vidrio teñidas de cian. Es un espacio gris, clínico y sin ventanas —duro, brillante, vigilado— que solo la presencia deliberada de madera cálida consigue suavizar.
Este sistema destila esa gradación en una interfaz: una base gris hormigón, vidrio cian y luz fría como rasgos distintivos, con la calidez reservada para un único acento. La voz es precisa, mecanizada y semejante a la de un instrumento.