Elvis en 1956 es el instante exacto en que el rock and roll encontró una apariencia y ya no la soltó: un chico granulado en blanco y negro, a medio grito; «ELVIS» rugiendo por la portada en rosa chicle; «PRESLEY» estampado en la parte inferior en verde ácido, ambos en gruesas letras de bloque carcelarias. Un Cadillac cromado y rosa, lamé dorado atrapando las luces del escenario y bombillas de Vegas ardiendo con calidez.
Es ruidoso, obrero, peligroso y alegre a la vez: un camionero de Memphis derribando la puerta de los cincuenta mientras viste de oro. Aquí todo es exagerado, de alto contraste, peinado hacia atrás y sonriente: instantáneas inclinadas, duras sombras negras de impacto, campos de semitono y bombillas de marquesina rodeando los titulares.