Este es el mundo del caballero andante de Cervantes, tal como Gustave Doré lo grabó en acero en 1863: un grabado de tramado cruzado sobre las secas llanuras grises de La Mancha. Las líneas de tinta cargan con todo el peso: molinos que se alzan como gigantes, un hidalgo enjuto sobre un caballo huesudo, polvo y cardos trazados a fuerza de miles de líneas paralelas de buril.
El color se reserva con cautela y por eso resulta precioso. El fondo es de un gris frío, como papel seco, de modo que el óxido de la tierra y el ocre del trigo parecen las únicas cosas cálidas a kilómetros de distancia. Parece un pliego popular del Siglo de Oro español caído en manos de un ilustrador romántico: cielos tramados, iniciales color terracota y la huella de plancha que enmarca cada imagen.