Edgar Degas pasó veinticinco años en los pasillos del Palais Garnier pintando lo que el público nunca veía: bailarinas bostezando en la barra, ajustando una zapatilla, rascándose un hombro o esperando en camerinos verde jade iluminados por rosa de lámpara de gas. Los pasteles son trabajo disfrazado de glamur, recortados en el borde como una instantánea e influidos por el ukiyo-e que coleccionaba en abundancia.
Este sistema hereda esa posición entre bastidores: papel crema cálido, muros jade, flores rosa de candilejas, tinta rosa sepia en vez de negro y composiciones que siempre recortan al sujeto con un leve desequilibrio. Serif Belle Époque llevan el texto; texturas de punteado pastel sustituyen degradados vidriosos; cada sombra es un halo suave de candilejas, no una caída dura.