Alberto Campo Baeza construye cajas de travertino y estuco puramente blancas, inundadas de luz —Caja Granada, Casa Gaspar, Casa de Blas—. Su blanco radiante se lee de forma más dramática no como claridad plana, sino en contraste con la sombra cavernosa de catedral en la que él mismo lo sitúa: vacíos profundamente retranqueados y ventanas que se hunden en la oscuridad.
Este sistema pone en escena ese atrio resplandeciente como alabastro dentro de su propia sombra profunda, donde el blanco frío de travertino flota como planos luminosos sobre un gris de catedral casi negro: el drama nace del contraste, no de la decoración. Más con menos.