Black Mirror toma su nombre y su estética de esa pantalla oscura y brillante en la que se convierte cualquier dispositivo al apagarse: el espejo negro que nos devuelve nuestro propio reflejo. El minimalismo tecnológico blanco y reluciente se resquebraja para dejar ver ese vacío: el logotipo se hace añicos como si estuviera tras un cristal roto.
El sistema es frío, casi monocromo y aséptico. Una única grieta, fina como un cabello, atraviesa la pantalla; los paneles reflectantes destellan en azul grisáceo, y episodios como Nosedive superponen una interfaz de valoración social plana sobre el negro. La tipografía en blanco sobre negro sostiene la sátira distópica.