El filete porteño es el lenguaje ornamental de la pintura de rótulos que nació en los autobuses y camiones de Buenos Aires hacia 1900, cuando artesanos inmigrantes italianos y españoles comenzaron a decorar los colectivos con hojas de acanto ondulantes, cintas y filigranas en tonos joya. Lo que empezó como una forma de personalizar un vehículo se convirtió en un arte popular completo: enredaderas simétricas que enmarcan una rotulación gótica audaz, todo sobre paneles negros lacados y brillantes para que el oro, el azul, el rojo y el verde resplandezcan como esmalte. Declarado Patrimonio Cultural Inmaterial por UNESCO en 2015, el filete porteño pervive hoy en fachadas de comercios, carteles de tango y murales callejeros de toda la ciudad. Su ADN es el contraste: pigmento saturado contra negro lacado, precisión pintada a mano frente a exuberancia barroca, orgullo cívico —la cinta azul de la bandera— fusionado con la técnica artesanal inmigrante.