The Little Prince lleva a la pantalla la mano de acuarela de Saint-Exupéry: lavados sueltos de pincel de marta, un niño con pañuelo dorado sobre un planeta del tamaño de un guijarro y una caligrafía que flota por la página como una carta privada. Todo descansa sobre papel blanco y suave: sin bordes ni marcos, solo un amplio espacio vacío donde flotan una figura pequeña y una rosa. Los contornos de tinta se mantienen temblorosos y cálidos, nunca mecánicos. Los cielos son de un índigo intenso de acuarela que se funde con una oscuridad salpicada de estrellas, y todo lo dorado —el pelo, el trigo, el desierto, las estrellas— brilla sobre ella. El texto se lee como notas al margen escritas por el propio aviador: dibuja una caja y confía en que el niño verá a la oveja dormida dentro.