En la estación húmeda, el Salar de Uyuni se convierte en el espejo más grande del mundo: una fina película de agua sobre sal refleja el pálido cielo andino hasta que el horizonte se disuelve en un único campo azul grisáceo suave. Este sistema de diseño toma prestado ese registro exacto: espacio vacío, un único sujeto y la paleta del cielo reflejado en lugar de un blanco salino perezoso.
Es minimalismo por naturaleza, no por reducción. Una sola línea de horizonte, asimetría serena, tenues bordes poligonales de la costra salina y un inmenso espacio negativo frío sostienen la obra. Nada es cálido, nada está saturado, nada compite con la atmósfera.