El Nokia 3310 es el teléfono que sobrevive más que la paciencia de sus dueños: se cae, soporta que se sienten sobre él, pasa por la lavadora y aún te pide una palabra para T9. Su lenguaje de diseño se apoya en dos verdades: una pantalla de cristal líquido monocroma en verde oliva pálido, donde cada glifo es un grupo de píxeles rectangulares oscuros dividido por una retícula finísima; y una carcasa redondeada de policarbonato azul marino con teclas grandes y gratificantes.
Aquí nada brilla, se degrada ni se rompe. La tipografía encaja en la cuadrícula y es de baja resolución, Snake avanza un segmento cuadrado cada vez y los indicadores se leen como barras de señal apiladas. Es utilidad finlandesa austera: píxeles legibles sobre cristal verde dentro de una carcasa que no puedes destruir.