Este sistema de diseño parece extendido sobre la bóveda que Michelangelo pintó entre 1508 y 1512: trescientas figuras se tensan sobre una arquitectura imaginaria de mármol, trazada en yeso de cal aún fresco. Todo descansa sobre una base de enlucido blanco grisáceo y frío, y se construye con colores cambiantes: coral que vira al lila en la sombra, túnicas verde manzana, cielo azul celeste y ocre dorado.
Te recuerda al techo después de que la limpieza de los años ochenta retirara el hollín: sorprendente, luminoso, mate e increíblemente vivo. La arquitectura impone un orden riguroso; las figuras aportan toda la ornamentación. Nada brilla ni está dorado: aquí manda el pigmento del fresco, denso y escultórico, no el oropel bizantino.
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