El kbach no es una decoración inventada en el muro. Es una gramática: cuatro escuelas de unidades, cada una con nombre propio, que se aprenden en orden antes de que a un tallista se le permita componer nada. La espiral de caracol del kbach angkor, las cápsulas de amapola del phñi tes, las cabezas de animales que emergen de la enredadera en el phñi voal, la llama abstracta del phñi phleung: cada marca de un dintel angkoriano pertenece a algún lugar de ese sistema.
Este sistema toma la piedra como su superficie, no el dibujo. Arenisca cuarcítica de gris a marrón, en tono de sala de museo, oscurecida por mil años de crecimiento biológico y manchas de hierro. El matiz apenas se mueve; el valor lo sostiene todo. La luz llega desde un solo lado, y es la sombra la que dibuja.