La estética festiva de la pollera parte de las paletas deliberadamente estridentes y discordantes del vestido de celebración aymara en las ciudades del altiplano boliviano. Tras la revolución de 1952, familias de sastres de la Avenida Buenos Aires de La Paz comenzaron a coser polleras sobre fondos fucsia y magenta ribeteados con esmeralda, amarillo cromo y cinta negra al bies: un rechazo cromático a la contención mestiza. Este sistema captura esa intensidad de Carnaval bajo el sol del mediodía: el magenta domina la propia página, las tarjetas flotan como paneles de pollera blanco roto delineados en negro y cada superficie de acento lleva el brillo de la cinta dorada del ribete festivo.
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