En los altos valles de Kafiristán, antes de la conversión de 1896, maestros talladores kafires anónimos cubrieron columnas, puertas y arcones de grano de cedro deodar con rosetas en alto relieve, discos solares, chevrones y remates en forma de cabeza de íbice. La madera nunca se pintó: su único color es la pátina cálida y parda del cedro ennegrecido por el humo, con brillos desgastados que capturan el tallado en relieve y sombras casi negras acumuladas en los huecos.
Este sistema traduce esa ebanistería monocroma en una interfaz oscura y táctil: un fondo de cedro envejecido por el humo, superficies talladas en tono pardo medio y bordes de panel en relieve, cincelados, que se leen como marcos de puertas y arcones —profundidad y veta en lugar de pigmento y brillo.