Las cartas del Almirantazgo británico, grabadas a partir del trabajo de la Oficina Hidrográfica fundada en 1795, marcaron la pauta de la cartografía marítima del siglo XIX. Costas grabadas en negro, sondas de profundidad y letras finas se disponen sobre un campo de agua teñido de aguamarina pálido, con tierras ocre claro, zonas intermareales verde apagado y rosas de los vientos ornamentadas, trazadas con rumbos de variación magnética.
Este sistema reconstruye el fondo de lectura de la carta: no papel desnudo, sino el documentado matiz pálido del agua, trabajado con líneas finas grabadas y rayado. Todo está dibujado: costas sombreadas, sondas en pequeños números serif, peligros punteados y luces y marcas especiales señalados con una única nota magenta.