En lo profundo de los salientes de arenisca de uKhahlamba-Drakensberg, los artistas chamanes San pintaron una y otra vez al eland, no como trofeo de caza, sino como la criatura más poderosa de su cosmología espiritual, el animal más rico en la potencia sobrenatural que llamaban n/om. Trabajando con óxidos de hierro de hematita y ocre, construyeron el flanco del antílope con delicadas gradaciones tonales del rojo al marrón, en lugar de un contorno plano: una técnica de sombreado siglos anterior a su documentada «invención» en el arte europeo. Las pinturas sobreviven sobre su propia roca: arenisca envejecida y patinada por el humo, del color del cuero viejo, nunca un fondo limpio ni luminoso. La efímera arcilla blanca usada para los realces de las figuras se ha desprendido en su mayor parte, dejando a muchos elands sin cabeza ni patas: fragmentos de potencia, no ilustraciones, todavía cargados con el peso del muro que los vio nacer.