La aurora boreal del Yukón es uno de los espectáculos más luminosos de la Tierra: cortinas de un verde oxígeno eléctrico que ondulan sobre un cielo subártico casi negro, ribeteadas de violeta de nitrógeno. Su brillo característico procede de la emisión de oxígeno atómico, la línea auroral más brillante y común, medida por primera vez por Anders Ångström.
Este sistema de diseño traduce esa física a la interfaz: una base azul negruzca y fría, luz verde emisiva que brilla desde dentro, degradados de cortinas difuminadas y el tenue borde violeta que forma un halo en cada límite luminoso.