En 1972, Kisho Kurokawa atornilló 140 cápsulas prefabricadas de acero a dos núcleos de servicio de hormigón expuesto en Ginza y lo llamó un manifiesto construido: la arquitectura como biología, edificios que crecen y sustituyen piezas como células vivas. Nakagin Capsule Tower fue la declaración más clara del Japanese Metabolism: unidades habitacionales fabricadas mecánicamente, cerchas de acero completamente soldadas y, en cada cápsula, una única habitación con una ventana circular que recuerda al ojo de buey de una lavadora.
El revestimiento nunca tuvo la intención de ser blanco. El acero galvanizado con nervaduras de refuerzo, la pintura antioxidante y la pulverización brillante de Kenitex se transformaron durante cinco décadas en un gris blanquecino pálido y frío, apilado junto a núcleos de hormigón oscuro en bruto que nunca fingieron ser otra cosa que estructura. Esta es una paleta de piezas mecánicas desgastadas, no de modernismo limpio: fría, neutra, industrial y discretamente monumental.