Maguncia, hacia 1455: unos 180 ejemplares de una Biblia en latín, cuarenta y cinco de ellos sobre piel de becerro pulida a mano, el resto sobre papel de trapo de lino italiano. Dos columnas, cuarenta y dos líneas, justificadas al milímetro por un cortador de punzones que jamás había visto una página impresa.
Lo que ha sobrevivido no es una hoja limpia. Cinco siglos y medio han oscurecido el fondo hasta un cálido tono de pergamino, y los márgenes siempre fueron generosos: se dejaban vacíos a propósito para que un rubricador terminara el libro a mano en rojo, azul y oro. Precisión mecánica y trabajo manual sobre la misma hoja.