Hacia 1629, dos pintores de Haarlem, Pieter Claesz y Willem Claesz. Heda, desecharon el color. Lo que quedó fue un fondo oscuro de asfáltum, una franja estrecha de tierra gris parda y una sola vela. Los objetos —una calavera, una copa roemer volcada, un limón pelado en una cinta ininterrumpida— emergen de una profundidad sin luz y vuelven a hundirse en ella.
Este sistema funciona igual. La jerarquía nace del valor, no del matiz. La página es un olivo casi negro; el texto y las superficies se leen sobre él en marrones graduados; el amarillo cálido de la vela aparece solo en unos pocos milímetros cuadrados y en ningún otro lugar. Aquí la contención no es un estado de ánimo, es la regla del género.