En lo más profundo de la galería subterránea cruciforme del Old Temple, en Chavín de Huántar, se alza el Lanzón: un fuste de granito de 4,53 metros, tallado con una divinidad sonriente y de colmillos, cuyo cabello y cejas se retuercen hasta convertirse en serpientes. No hay pintura ni color: solo líneas incisas que recorren un prisma triangular de piedra, con relieves apenas elevados en los ojos, la nariz, los labios y los dientes para atrapar la luz de las antorchas en una oscuridad casi total.
Este sistema de diseño te lleva a ese encuentro: el gris frío del granito que emerge de una sombra casi negra, los remolinos simétricos y las líneas de contorno que sustituyen al pigmento, y una autoridad solemne y arquitectónica construida por completo con piedra y luz.