Luis Barragán construyó emoción a partir de la luz, el plano y la sombra. Sus muros de revoque grueso y sus pantallas rectilíneas suelen recordarse en rosa y ocre saturados, pero, despojada del color, la geometría por sí sola sostiene la obra.
Este sistema representa a Barragán en un monocromo deliberado: planos de un gris yeso apagado, construidos con ladrillo, yeso y mortero, iluminados y sombreados de modo que los bordes nítidos de la sombra se conviertan en el único ornamento. Sereno, plano, mate y rigurosamente geométrico.