El nombre del rudo se lee desde la otra acera: rojo sangre sobre amarillo, tipografía gorda y condensada que no pide permiso.
Una sola foto de máscara en blanco y negro, trazada con tijera. Sin sombras suaves, sin degradados: contraste de arena de combate.
Día, hora y precio van en su propio reventón de estrella, nunca en una línea aburrida: el público compra el boleto de un vistazo.
El rojo se corre dos milímetros sobre el negro a propósito: esa energía de imprenta barata es la firma de toda función que se respeta.