La Plancha Roja
Recibir el pliego

Crónica de imprenta

La ciudad también tiene huesos bajo el tranvía

Una defensa del pliego barato: cuando la noticia se corta en metal, el barrio la lee antes de que el poder la maquille.

Elena V. Mercado 17 febrero 1901 9 min de lectura

A las seis de la mañana, en la calle de Santa Teresa, vi salir de la prensa una calavera con sombrero de copa y botas rotas. No traía nombre, pero todos supimos a quién se parecía: al regidor que prometió empedrar el callejón y dejó el lodo como herencia.

El grabador no pidió permiso. Mordió el zinc con una paciencia furiosa, levantó una ceja de hueso, puso dos líneas de corrido al pie, y dejó que el vendedor gritara la vergüenza frente al mercado.

La tinta barata viaja más rápido que el decreto

En Palacio se escriben circulares con sello y lacre; en la imprenta de patio se imprime lo que la gente ya murmura. El papel se arruga en la bolsa, se mancha de pulque, se lee en voz alta y vuelve a circular con los dobleces como mapa.

Un pliego no aspira a la eternidad: aspira a llegar antes que la mentira.

Por eso irrita. La calavera no endulza la muerte ni adorna la fiesta; desviste al vivo. En su mueca caben el tendero, el coronel, el poeta de café y la señora que finge no mirar cuando pasa la policía montada.